COLORES, PELOTAS, HIMNOS Y BANDERAS. Largos debates sobre cosas vanas. Rupturas definitivas por nobles idioteces. Malas miradas con supuestas grandes razones. ¿Por qué nos importa tanto lo que no importa? Tal vez sea por miedo a dejar que lo realmente importante nos mire a los ojos, nos interpele, nos haga elegir entre el sencillo camino del egoísmo y ese otro un poco más complicado: vivir lo inesperado (frase que parece estar de moda). Sin duda, mejor estar entretenidos. Por ejemplo, con el fútbol, deporte rey que el pasado miércoles debió hacer pasar al mismo rey un rato de muy señor mío. Tras la final de la Copa del Rey, en muchas personas habrá aumentado el índice de indignación (por diversas razones que no analizaré). Lo cierto es que este acontecimiento me recuerda a una experiencia que tuve a principio de curso en un pueblo de Almería. Lo que sigue fue escrito el 1 de Enero de 2009, a eso de la 1 de la mañana: Omar: el niño del pijama de rayas. Entre el 13 y el 19 de Septiembre estuve en S. Isidro de Níjar (Almería). En aquel lugar confluyen muchos centenares de inmigrantes buscando subsistir. Allí conocí a Omar, un chico marroquí. Su edad, la mía. Jugó al fútbol en mi equipo. Ambos éramos la delantera. ¿Cuál era la diferencia entre él y yo? Pues él tiene detrás una dura historia, y yo una historia falsa. Él mira a los ojos al hablarme de su país. Yo miro al suelo al tener que responder con vergüenza de dónde soy. Nunca una palabra significó tanto: España. Nunca mostré ese orgullo de quienes procuran que se note que este es su país, pero hasta entonces jamás había sentido vergüenza. Y lo cierto es que esa vergüenza no se me ha ido aún (tan sólo a veces consigo apagarla). Es la vergüenza del tener. La vergüenza del querer amar a alguien a quien, aunque pudiera, tal vez jamás cambiaría su vida por la mía. Vergüenza, vergüenza, vergüenza… Pues bien, este eco de aquella vergüenza primera me ha golpeado de nuevo con fuerza. Al comenzar el año, después de la cena, al acompañar a un amigo a la calle, descubro un mensaje. ¿Quién será? ¿Un mensaje romanticón? ¿Un sms con alguna broma típica de año nuevo? ¿Algún familiar? ¿Alguien que ha olvidado felicitarme el cumpleaños y aprovecha ahora para matar dos pájaros de un tiro? No. No. No. No. El mensaje dice así: “Hola martin como estas feliz 2009. soy omar te acuerdas de me. martin por que tu no vienes. ya sabes es ki jolio y antoño vienen.” Lo cierto es que no he sabido responder. No sé qué palabras decir, pero lo que sí sé es cómo quiero vivir. Quiero ser pobre. Ser pobre no es bueno en sí, pero creo que es la única forma de hacer que este ir y venir de vergüenza por ser quien soy y por vivir como vivo pueda disminuir. No hay otra forma. Pero no sólo quiero ser pobre. También quiero seguir viendo a Dios en el otro, en el que sufre, en el que, en un mundo lógico, podría ser igual que yo. Pero, por desgracia, y como apunta Galeano, el mundo está patas arriba. Tal vez para poder comprenderlo debamos darnos la vuelta, ponernos de rodillas. En definitiva, mirar hacia abajo, desde abajo… Martín.