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Martin Areta (mcdm88@gmail.com)  28-11-2009

COLORES, PELOTAS, HIMNOS Y BANDERAS. Largos debates sobre cosas vanas. Rupturas definitivas por nobles idioteces. Malas miradas con supuestas grandes razones. ¿Por qué nos importa tanto lo que no importa? Tal vez sea por miedo a dejar que lo realmente importante nos mire a los ojos, nos interpele, nos haga elegir entre el sencillo camino del egoísmo y ese otro un poco más complicado: vivir lo inesperado (frase que parece estar de moda). Sin duda, mejor estar entretenidos. Por ejemplo, con el fútbol, deporte rey que el pasado miércoles debió hacer pasar al mismo rey un rato de muy señor mío. Tras la final de la Copa del Rey, en muchas personas habrá aumentado el índice de indignación (por diversas razones que no analizaré). Lo cierto es que este acontecimiento me recuerda a una experiencia que tuve a principio de curso en un pueblo de Almería. Lo que sigue fue escrito el 1 de Enero de 2009, a eso de la 1 de la mañana: Omar: el niño del pijama de rayas. Entre el 13 y el 19 de Septiembre estuve en S. Isidro de Níjar (Almería). En aquel lugar confluyen muchos centenares de inmigrantes buscando subsistir. Allí conocí a Omar, un chico marroquí. Su edad, la mía. Jugó al fútbol en mi equipo. Ambos éramos la delantera. ¿Cuál era la diferencia entre él y yo? Pues él tiene detrás una dura historia, y yo una historia falsa. Él mira a los ojos al hablarme de su país. Yo miro al suelo al tener que responder con vergüenza de dónde soy. Nunca una palabra significó tanto: España. Nunca mostré ese orgullo de quienes procuran que se note que este es su país, pero hasta entonces jamás había sentido vergüenza. Y lo cierto es que esa vergüenza no se me ha ido aún (tan sólo a veces consigo apagarla). Es la vergüenza del tener. La vergüenza del querer amar a alguien a quien, aunque pudiera, tal vez jamás cambiaría su vida por la mía. Vergüenza, vergüenza, vergüenza… Pues bien, este eco de aquella vergüenza primera me ha golpeado de nuevo con fuerza. Al comenzar el año, después de la cena, al acompañar a un amigo a la calle, descubro un mensaje. ¿Quién será? ¿Un mensaje romanticón? ¿Un sms con alguna broma típica de año nuevo? ¿Algún familiar? ¿Alguien que ha olvidado felicitarme el cumpleaños y aprovecha ahora para matar dos pájaros de un tiro? No. No. No. No. El mensaje dice así: “Hola martin como estas feliz 2009. soy omar te acuerdas de me. martin por que tu no vienes. ya sabes es ki jolio y antoño vienen.” Lo cierto es que no he sabido responder. No sé qué palabras decir, pero lo que sí sé es cómo quiero vivir. Quiero ser pobre. Ser pobre no es bueno en sí, pero creo que es la única forma de hacer que este ir y venir de vergüenza por ser quien soy y por vivir como vivo pueda disminuir. No hay otra forma. Pero no sólo quiero ser pobre. También quiero seguir viendo a Dios en el otro, en el que sufre, en el que, en un mundo lógico, podría ser igual que yo. Pero, por desgracia, y como apunta Galeano, el mundo está patas arriba. Tal vez para poder comprenderlo debamos darnos la vuelta, ponernos de rodillas. En definitiva, mirar hacia abajo, desde abajo… Martín.








Pedro Jimenez Sarasa (pedrojimenez1964@hotmail.com)  30-09-2009

En la fiesta de la Virgen de la Merced, patrona de todos los que nos movemos en el ámbito penitenciario, queremos compartir desde la Pastoral Penitenciaria de Asturias un poco de lo que día a día vamos viviendo. Con esperanza vemos el difícil caminar de no pocos internos e internas de la cárcel, acompañados de profesionales entregados, hacia una vida rehabilitada, libre de drogas y reconciliada consigo mismos. Junto a ello también sentimos el dolor de lo que muchos encarcelados/as viven: de lo que falta aún para que todos puedan pasar su internamiento como experiencia de rehabilitación y no solo de castigo de la sociedad; del sufrimiento de sus madres y padres, parejas, hijos, que pagan a su manera con ellos la condena; de su deteriorada salud (¿no hay otro lugar mejor para los que sufren enfermedad psiquiátrica?); de la desproporción de inmigrantes y pueblo gitano que pueblan los centros penitenciarios; de la clamorosa masificación que deben asumir en sus espacios vitales y servicios que reciben; de la dificultad acentuada de encontrar al salir un trabajo que les dignifique y ayude; también de ver hoy sus vidas en el candelero de los medios de comunicación si éstos, más que informar, lo que buscan es vender morbo. Y conocemos el difícil papel de los funcionarios que viven el día a día y sus problemas. Aunque seguimos oyendo a menudo la terrible expresión “que se pudran en la cárcel” queremos hoy disentir de ella. Como cristianos queremos estar también junto a los encarcelados y sus familias (no olvidando nunca a las víctimas de los errores cometidos), queremos una sociedad más humana que no se regule por el castigo sino por la educación y la prevención de conflictos, por la justicia que cuida de los más desfavorecidos, por la reconciliación. Creemos en Jesús, también cautivo, y celebramos a su Madre, que a los pies de la cruz nos da ánimos y alimenta nuestra fe para esperar un mundo renacido y salvado. No olvidamos que de los tres condenados del Calvario dos fueron al cielo... Pedro J. Jiménez, cura del Secretariado de Pastoral Penitenciaria de Asturias. SI VIVES EN ASTURIAS Y QUIERES UNIRTE, NO DUDES EN ESCRIBIRME...














  
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