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Adoptamos una
mirada positiva y esperanzada hacia este mundo y hacia el momento que nos toca vivir: un mundo y una época que Dios ama. Inspirándonos en la Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los “jóvenes” de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los “acompañantes de jóvenes”. Nada hay en “la cultura juvenil” que no encuentre eco en nuestro corazón.
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Estamos convencidos de que
Jesús es el centro.
Jesucristo está vivo en medio de nosotros. Queremos presentar con nuestro testimonio y nuestra palabra a Jesús, respuesta creíble y completa para los jóvenes hoy. Nuestro horizonte es poder decir como san Pablo “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). El papa Benedicto XVI nos confiesa y enseña: “Cristo no quita nada y lo da todo”.
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Estamos convencidos de que
todos somos necesarios. En la Iglesia cabemos todas las personas. Nadie sobra. Nos necesitamos. Estamos urgidos a la comunión en la Iglesia local, presidida por el Obispo. Para eso, hemos de mantener y recrear nuestras identidades, relativizar modos y estilos, poner en juego los dones y carismas y trabajar en
red. La fuente viva de comunión es la Eucaristía: participando del mismo pan, todos nosotros formamos un solo
cuerpo que queda expresado en múltiples miembros que enriquecen a la Iglesia y al mundo. La comunión es la entraña de la misión. Juntos nos ponemos en misión con los jóvenes, lo que nos exige respuestas audaces y renovadas en el seno de la Iglesia.
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Nos comprometemos a
promover comunidades cristianas que susciten y acompañen el
proceso de las personas jóvenes. Que les busquen, les acojan en su realidad concreta y les propongan explícitamente el evangelio de Jesucristo que llama a la fraternidad.
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Nos comprometemos a
alternar una pastoral de la fe. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI, Deus caritas est). Deseamos partir de la experiencia espiritual que los/as jóvenes ya viven, recuperando la
interioridad como camino que conduce al reconocimiento del amor de Dios en nuestras vidas. Buscamos que los jóvenes descubran su vocación, construyan su identidad
personal, fijen los ojos en la Palabra de Dios, celebren con sabor de fiesta su fe, vivan apasionados por la justicia y la solidaridad, estén presentes en los ambientes juveniles, dialoguen con otras culturas y religiones… Nos abrimos a nuevos lenguajes sobre Dios que ayuden a que los jóvenes narren las huellas de Dios en sus vidas.
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Nos comprometemos a
vivir con un corazón samaritano. El ejercicio del amor solidario es un buen camino para encontrar o recuperar la fe. Los jóvenes necesitan tomar conciencia de su responsabilidad hacia quienes sufren la injusticia, la enfermedad y la soledad, el racismo y la exclusión, la falta de oportunidades y el aislamiento social… Un corazón transformado por la
solidaridad en un corazón abierto a los caminos del Espíritu. Así se consolida la construcción de un mundo nuevo y de un cuerpo universal.
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Queremos compartir la alegría de la fe con todos y todas las jóvenes: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros” (L, jn 1,3). Con ellos y desde ellos el Espíritu nos invita a esbozar la Iglesia del mañana. Una iglesia que acoge con el corazón agradecido la invitación del Papa Benedicto XVI a los jóvenes del mundo entero a celebrar su fe en la próxima
Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Madrid en agosto de 2011, donde todos podamos explicitar la afirmación de su antecesor Juan Pablo II: “Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo”. En este caminar nos sentimos acompañados por María, nuestra Madre, fiel modelo de la discípula para todos.